sábado, 20 de octubre de 2012

El viaje de una misma

Pudorosa, asomaba los primeros rayos de la mañana.
Cuando se acercaban las ocho de la mañana, Maritha abría lentamente sus ojos. Los primeros soles de la mañana siempre le dolían. Los rayos penetraban en su piel mostrando una piel blanca en comparación con sus rosadas mejillas. Se levantaba de la cama perezosamente y se acercaba a la ventana. Cada mañana, cada noche, cada otoño, verano, primavera o invierno, daba la bienvenida aquella brisa tan limpia y pura que solo se le caracteriza a una virgen. Tenía el presentimiento de que aquél día no sería como los demás. Lo sabía. Se vistió, se peinó y marchó hacia el trabajo. A la vuelta de la esquina le esperaba su mejor amigo, Alfred. Con él había experimentado muchas cosas en la vida, cosas poco comunes. Su mejor amigo. Lo había conocido en la misma universidad, misma carrera. Y con mucha suerte, habían encontrado trabajo en la misma empresa, o por así decirlo, en el mismo bloque. Maritha se encargaba del márketing, mientras que Alfred se había especializado en spots publicitarios.


Como cada jueves, al acabar la jornada, iban a una tetería llama "Perfumes de la India". Era un pequeño establecimiento con decoraciones indias. Para Maritha era su escondite, su cobijo para protegerse de la realidad. Esa misma tarde no sería una conversación como las de siempre, si no que sería una despedida.

Maritha llevaba unos meses cansada de la rutina, la misma que la llevaba al aburrimiento de vivir Siempre lo mismo. Así que esa misma tarde habló con Alfred y lo decidió: iría de viaje unas tres semanas. Lo necesitaba. No simplemente porque lo requería su cuerpo, si no porque se encontraba confundida. Confundida con ella misma.


Después de unos doce días, unos días después de hablar con su jefe para pedirle unas "mini vacaciones" (un hombre muy agradable, por cierto) se iría rumbo a su destino. Mini vacaciones ¿Dónde? en un pueblo que se encontraba nada menos que en el continente africano. Iría al sud de África.



La víspera de su ida hacia el país africano, Alfred, para celebrarlo, le hizo una fiesta con los de su mismo trabajo. No llegó muy tarde a casa, aunque la noche se hizo larga. Contemplando el cielo, se empezó a interrogarse a sí misma. ¿Por qué elegir tal continente? ¿Por qué no al norte y sí al sud, si apenas sabía la marca geográfica de ésta?



Más tarde se percataría de lo que le deparaba el futuro.

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